Memorias de la lucha Sandinista

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NUNCA JURAMOS PACTAR CON EL SOMOCISMO1


Es conocida que mi militancia política tiene un expediente y una sola pertenencia. Soy y seré militante del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).


Desde esta prestigiada condición y trinchera de lucha de toda mi vida, quiero pronunciarme hoy sobre el proyecto de reformas a la Constitución Política de la República.


El pueblo y la nación quieren saber si las decisiones que ahora tomaremos les benefician: 86 de cada 100 nicaragüenses están afectados por la pobreza, 57 de cada 100 viven en la inaceptable condición de la pobreza extrema y 29 de cada 100 en la imperdonable condición de la indigencia.


En tanto, miles de ciudadanos, quienes en estos últimos 9 años han tenido que abandonar sus familias y su país para convertirse en jornaleros en otras tierras ̶ como inmigrantes indocumentados ̶ , obligados a desempeñar trabajos denigrantes fuera de su patria, quisieran saber si estas reformas tienen algo que ver con sus vidas.


Miles de niños exhiben, en los semáforos de nuestras ciudades, un lastimero abandono social, mientras los jóvenes caen víctimas de la delincuencia y la drogadicción. Ancianos y jubilados desprotegidos, que no tienen ni siquiera para su entierro. Todos ellos quieren saber si lo que hoy decidiremos mejorará su suerte.


Los ciudadanos abrumados por la dictadura fiscal y las intolerables alzas de todos los servicios básicos, los campesinos que reclaman por el despojo de sus tierras, los trabajadores de todos los sectores que reclaman salarios dignos y un trato más humano en las empresas maquiladoras de las zonas francas e, incluso, los empresarios y comerciantes que piden protección y socorro para volverse competitivos frente a la globalización, se preguntan si estas reformas tienen algo que ver con sus necesidades.


Los ciudadanos quisieran saber si las instituciones básicas del Estado nicaragüense, que se debaten entre el desprestigio y la corrupción, recuperarán la credibilidad perdida con estas reformas constitucionales.


Para nadie es un secreto que el titular del Ejecutivo de nuestro país, supera ampliamente todos los récords en cuanto a falta de respaldo popular y de rechazo de la población a sus políticas neoliberales. Desde los tiempos del primer Somoza, nadie como él ha sido señalado por la vindicta pública como el gobernante más corrupto de nuestra historia.


La Asamblea Nacional, convertida en oficina del Ejecutivo, se ha ganado el descrédito de la opinión pública. El Poder Electoral, otrora respetado por los nicaragüenses y la comunidad internacional, carece hoy de credibilidad. El Poder Judicial, de manera confesa, señala su vulnerabilidad a la venalidad y al rejuego de intereses partidistas.


El Contralor General de la República, Agustín Jarquín Anaya, fue humillado en la cárcel, como resultado de la acción arbitraria de un Ejecutivo que se sabe culpable de corrupción.


La población se pregunta si lo que hoy discutiremos tiene que ver con la solución de todos estos males y desmanes.


La desconfianza en las instituciones cubre también a los partidos políticos y a sus dirigentes. El liderazgo, hasta hace poco incuestionable del principal jerarca de la Iglesia Católica de nuestro país, es señalado ahora con el dedo acusador y la desaprobación de la mayoría de los nicaragüenses, tal como lo revela la última encuesta de opinión.


Las políticas neoliberales han convertido a Nicaragua en una de las nuevas rutas del tráfico de drogas y de seres humanos, de abandono y descuido de los recursos naturales.


La comunidad de donantes, contraparte indispensable de nuestras relaciones internacionales, congela proyectos, reclama honestidad y transparencia en el uso de los recursos financieros, en el combate a la pobreza y la solución a la crisis de gobernabilidad.


La democracia y la paz, ganada con la sangre y el sacrificio de miles de nicaragüenses, fueron prostituidas por el actual gobierno, heredero político directo del somocismo en el retorno del nepotismo, del enriquecimiento ilícito, del amiguismo, del clericalismo y del más retrogrado de los autoritarismos: el caudillismo.


La paz fue convertida en la paz de los sepulcros. La igualdad de oportunidades para todos devino en la exclusión y la marginalidad de las grandes mayorías, mientras el enriquecimiento sin límites se convirtió en privilegio de unos pocos.


La lucha del pueblo nicaragüense por la democracia política y económica, por la soberanía y la independencia nacional fue traicionada. Estos son los sentimientos de la mayoría del pueblo nicaragüense y, en especial, del pueblo sandinista.


Las actuales reformas a la Constitución Política de la República, pactadas –en el legítimo sentido de la palabra– por las cúpulas del Partido Liberal Constitucionalista y del Frente Sandinista de Liberación Nacional, dizque como “acuerdos de gobernabilidad”, no cuentan con el respaldo del pueblo.


Sólo un diez por ciento de la población considera que estos acuerdos benefician al país. Semejante resultado debería obligarnos a revisar las decisiones tomadas. No podemos ni debemos cerrar los ojos al hecho incuestionable de que la población ve en estos acuerdos y en estas enmiendas constitucionales un simple reparto de cuotas de poder entre cúpulas partidarias.


Me pregunto si será una comisión de ocho miembros más sabia que la mayoría del pueblo que no ha sido ni escuchado, ni consultado. Desde el Imperio Romano, en la antigüedad, hasta las revoluciones más poderosas de los tiempos modernos, han desaparecido como resultado de decisiones equivocadas o porque se limitaron a la defensa de intereses minoritarios por la terquedad y la arrogancia de sus dirigentes.


Si mi primera responsabilidad es la de representar al Frente Sandinista, quiero recordar que sólo un ocho por ciento de la población ̶ incluida la opinión de los sandinistas ̶ cree que estos acuerdos o pactos nos favorecen y, al contrario, un 27 por ciento opina que sólo favorecen al PLC.


Frente a esta situación, el sacrificio de nuestros héroes y mártires, el camino trazado por Sandino y Carlos Fonseca y la lucha del pueblo nicaragüense, me reclaman, en tanto militante revolucionaria del Frente Sandinista, consecuencia y consistencia.


Nadie tiene la suficiente autoridad política y moral de obligarnos a actuar en contra de nuestras profundas convicciones revolucionarias, sandinistas y patrióticas. No existen normas disciplinarias que sean más importantes que nuestros principios y nuestras convicciones. Ello nos lo enseñó Sandino y Carlos Fonseca.


Con todo el respeto y cariño que me anima y que hoy reafirmo a mis hermanos de bancada del Frente Sandinista, esta mañana, prefiero mejor recoger las voces de los miles de sandinistas y ciudadanos que están en contra de estos acuerdos y asumir en este plenario su representación, aún y cuando, ello me ponga en contradicción con las decisiones oficiales de mi partido.


El Frente Sandinista de Liberación Nacional tiene todo el derecho de ocupar todos los espacios institucionales que le corresponden como resultado de la voluntad popular. Sin embargo, los espacios se reclaman, no se pactan. Los derechos se exigen no se negocian.


El Frente Sandinista, la organización revolucionaria que fundó Carlos Fonseca, nunca fue un fin en sí mismo. Fue creado como un instrumento de lucha para conseguir el bienestar de los pobres.


El FSLN nunca fue creado para buscar migajas de poder. Nuestra lucha por el poder fue para hacer transformaciones profundas en beneficio de las grandes mayorías.


Cuando en la clandestinidad fui juramentada en las filas del FSLN, juré por Sandino, el Che, y todos los héroes y mártires, y ante la historia, luchar por la redención de los oprimidos y explotados de Nicaragua. Y cuando anduve en los barrios de Managua, en campaña como aspirante a ocupar un escaño en la Asamblea Nacional, como legisladora, me comprometí a luchar por la solución de sus problemas. Jamás juré para pactar con los herederos del somocismo y, contribuir con ello, al oprobio de nuestra organización.


Hoy que los herederos del somocismo desgobiernan nuevamente la nación; hoy, que los agentes políticos de la agresión imperialista contra nuestro país durante la década de los ochenta, se constituyeron en los mandamás de Nicaragua; hoy que la corrupción es la vergonzosa insignia de la patria; hoy en que el nepotismo sustituyó la democracia; hoy, que la miseria, la falta de trabajo, y la injusticia social campean como resultado de las políticas de gobiernos neoliberales, comparto junto a miles de sandinistas y ciudadanos de mi país, que contribuir a la gobernabilidad de los corruptos, no sólo constituye un grave error político, sino que compromete ante la historia el prestigio y la honra del Frente Sandinista de Liberación Nacional.


Por todo lo anterior, esta mañana, con toda humildad, y consciente de los riesgos, declaro mi oposición a la propuesta de reformas a la Constitución Política de la República, resultado de los acuerdos del PLC y la dirigencia del FSLN.


¡¡¡Viva el inmortal ejemplo de quienes ofrendaron su vida por una Nicaragua Socialista!!!





NOTA


1 Intervención de Mónica Baltodano en la Sesión Plenaria de la Asamblea Nacional en donde se aprobaron las Reformas Constitucionales del Pacto Alemán-Ortega en primera legislatura. 9 de diciembre de 1999. 


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